LAS TRIBUS DEL TABLÓN

Son banditas con trapos y códigos propios. Las integran pibes de clase media que hacen un culto del aguante pero reniegan de la violencia organizada de las barras bravas.

FUENTE: REVISTA "MÍSTICA" - DIARIO OLÉ

Desde hace unos años la AFA pone en el aire un spot publicitario que promete "mucho por hacer y poco que decir", con el objetivo, dice, de que la familia vuelva a la cancha. Entre las imágenes sin sonido, que contrastan escenas de descalabros varios con el festejo alegre e inocente de los chicos del Juvenil en Qatar, se cuela la idea de que la que retornará a los estadios es una suerte de Familia Ingalls, con gorros, cornetas y una cesta de mimbre para la vianda. Eso sí, se sobreentiende, una vez que los malos, los hinchas que "no son de verdad", hayan sido expulsados para siempre. El discurso, que se pasea por la mayor parte de la prensa, genera y encuentra cierta complicidad en los futboleros de sillón. Sus supuestos son los siguientes: en cada tribuna popular hay un núcleo duro de lúmpenes y marginales, portadores de una maldad intrínseca sin raíces sociales, culturales o políticas, en torno de los cuales se hallan los "hinchas de verdad", todos ellos individuos solitarios y desorientados en el torbellino del malón.
Así, cada vez que se produce algún episodio más o menos violento, se pide a voz en cuello "acabar con los salvajes, las fieras, los animales disfrazados de hinchas", sin discriminar demasiado. Porque animales son los asesinos que emboscaron a un camión con hinchas de River, a tres cuadras de una Bombonera custodiada por 1.500 policías, pero también los veinte perejiles que se cuelgan de un alambrado para provocar a Castrilli. Un asesinato a sangre fría y una broma pesada de pibes de secundario, que probablemente se ríen a carcajadas cuando la profe de biología dice "órgano copulador", pasan a ser parte de lo mismo, cuando a simple vista no lo son. Quizá sea porque en nombre de la razón y las buenas intenciones, especialmente cuando de pasiones populares se trata, los prejuicios suelen llevar la voz cantante.

La tribu de tu calle
La idea de que una hinchada se compone de una barra y de varios centenares de individuos que la rodean, pertenece a otros tiempos. Como sucede en muchos otros ámbitos juveniles, la tribalización ha llegado a las tribunas. Una bandera aquí, otra allí, responden en general a su bandita correspondiente.
Tribus que se agrupan por pertenencia a un barrio, por amistad -previa al fútbol o forjada en éste-, y hasta por los designios del azar, componen, en la mayoría de los casos, el grueso de las hinchadas de los cuadros populosos. Con lo cual, en cada tribuna ya no tenemos propiamente una hinchada, sino varias, cada cual con sus trapos y sus códigos.
La 95, una de las bandas grandes de Racing, le debe su nombre a la línea de colectivos que une Palermo con Avellaneda. Marcelo, estudiante de marketing, empleado del Poder Judicial, propietario de un maxikiosko y uno de los miembros fundadores, comenzó constituyendo una barra de uno. "Iba con mi propia bandera", recuerda, "de dos por dos, que me enrollaba en el cuerpo para que no me la afanaran. Tenía una más grande, pero me cagaba de calor y decidí darla de baja." Arriba del bondi amarillo, la barra fue creciendo y, camino del sur, terminó organizándose. Así, comenzaron a reu-nirse en Plaza Las Heras para ir juntos en el colectivo. Después, vinieron los trapos grandes, el más célebre de los cuales reza: "Racing y vino para todo el pueblo argentino"
Con diferencias de matices, en la mayoría d los clubes populares sucede algo parecido.

El hincha, los hinchas

Los viajes por todo el país y, en muchos casos, al extranjero, son verdaderas ceremonias rituales que cohesionan a las tribus y, a veces, les permiten sumar nuevos miembros o fundirse con otros en una tribu más grande. Fletan micros, para lo que recaudan el dinero entre sus miembros y subvencionan, de ser preciso, a los que no llegan a juntar las monedas. Usan sus propios autos o los alquilan. Muchos, además, le tomaron el gusto al avión y prevén los viajes con la anticipación necesaria para poder comprar los pasajes en la banda negativa. La mayoría de los pibes es de clase media. Estudian en el secundario o la universidad y trabajan -entre otras cosas para contar con dinero para bancarse su pasión-, pero nada se antepone al fanatismo, lo negocian con sus jefes. Un viaje a mitad de semana les implica adelantar días de vacaciones o canjear el o los días por licencias de examen que no se toman en su momento. Todo vale.

El aguante familiar
Una mirada profunda a las tribunas nos enseña que cada vez hay más mujeres en las populares. Algo que las tribus confirman.
"De treinta que seremos", cuentan los Rojos de Villa Caraza, "ocho o nueve son chicas, pero ninguna de ellas es novia nuestra. Nuestras novias no nos acompañan porque no les gusta el fútbol; para qué se van a sacrificar, entonces. Nosotros no las acompañaríamos a ver a Luis Miguel."
En La 95 también hay romances. Carolina es la novia de Marcelo y, cansada de no verlo los domingos, se sumó a la banda. Hoy es más fanática que ninguno. "Al principio iba para estar con él", cuenta, "pero después ya me ponía mal, me hacía mala sangre, puteaba a los jugadores. Fui a Ecuador, a Uruguay." El futuro, para ella, se llama Racing. "No pienso en tener un bebé, por ejemplo, porque no podría ir a la cancha ni podría viajar. Además, ¡mira si nace un día en que hay partido!"

Violencias
La mayor crítica que les hacen a las barras es que éstas reciben entradas de favor, viajes gratis y dinero de los dirigentes, mientras ellos ponen todo de sus bolsillos. El menor aguante, según la propia visión de las banditas, se compensa con el carácter absolutamente desinteresado de su militancia.
Hay diferencias de grado, además, según de qué tribu se trate. Por ejemplo, por el lado de Avellaneda, los pibes tienen ganado su lugar en la tribuna de un modo casi orgánico. En Racing hay dos bandas de pibes, que agrupan a unas cuantas tribus menores. Los Racing Stones, que se ubican a la derecha de la Guardia Imperial (la barra brava histórica), por un lado, y La 95, que se sitúa a la derecha de la Guardia, por el otro.
En otros clubes, la inserción de las tribus no es tan orgánica, ni están tan claros los lugares ganados por éstas, pero la lógica de organización y convivencia es similar.
Cada bandita le presta especial atención al cuidado de los trapos. Se turnan las casas para guardarlos con el mayor secreto, y dejan estacionado el auto en que se los van a llevar de vuelta un día antes, para reducir al mínimo cualquier riesgo de que les sean robados por alguna banda del equipo contrario. En el tema de los trapos hay un límite que los separa de las barras. Las bandas se manifiestan dispuestas a defenderlos a mano limpia, pero coinciden en que "si pinta un fierro, lo entregamos".

"Si Racing sale campeón, lo miraría desde la tribuna, rodeado de la gente que siempre está conmigo. Me abrazaría con todos y lloraría..." Marcelo, de La 95 (Racing).

Este nuevo fenómeno de las "barras mansas" permite, fundamentalmente, dos comentarios. El primero es que llamarlas "mansas" significa, obviamente, no llamarlas "bravas". Tradicionalmente, decir "barras bravas" era una redundancia; "barras" implicaba "bravas", a tal punto que para hablar de un miembro de las mismas, con el "barra" alcanzaba. Lo demás, lo llevaba puesto en el nombre. Y ese demás, de un tiempo largo a esta parte, fue el nombre del estigma: violencia, delincuencia, drogas, alcohol, todas las marcas de la marginalidad fueron puestas sobre los barrabravas, sin darse cuenta de que, primero, no todos eran ¡guales, ni en su estructura ni en sus prácticas; y segundo, que en esa inveterada y mediocre costumbre de generalizar, caían en la bolsa del estigma conglomerados demasiado grandes como para unificarlos en un solo calificativo. Así, mágicamente, se convertían a miles de tipos en delincuentes por una simple cuestión de proximidad, o de facilidad del adjetivo. Y en estas tierras también tenemos la etiqueta fácil.
Las barras mansas vendrían, entonces, a complicarles la vida a los que quieren resolver todo de un plumazo, de ser posible, represivo. En el fútbol, hay muchas formas de hinchar por un equipo. No todas ellas son violentas. Aunque el alcohol y la marihuana también ronden por ahí (y por muchos otros lados en la Argentina), aunque los insultos al árbitro sigan a la orden del día, las barras mansas quizá consigan hacer entender que entre la violencia simbólica de los hinchas del montón y los cascotazos, las organizaciones paramilitares y las bandas armadas con complicidad política, dirigencia! y policial (que eso son, en definitiva, las barras bravas realmente existentes), todavía hay una enorme distancia.
Pero, segundo comentario: las barras mansas también señalan la imposibilidad de construir grandes identidades colectivas. No alcanza con ser de...; hay que marcar una sub-identidad, un segmento menor en el que, finalmente, me sienta cómodo, contenido, aunque en ese movimiento se debilite la identidad mayor. Fragmentos y más fragmentos, pequeños grupos donde antes se reconocía un solo colectivo. La sociedad se tribaliza en infinitos grupos que ya no se reclaman rockeros, sino redondos o piojos, ya no se asumen académicos, sino stones o 95. Y esto, para quienes creemos que una sociedad se cambia de a muchos, no es una buena noticia: prefiero multitudes que se abracen con infinitos desconocidos, y no tribus que saluden, rápidamente, a los pocos íntimos, con los que no hay nada que discutir. Y muy poco para hacer, salvo gritar un gol.













"RACING Y VINO PARA TODO EL PUEBLO ARGENTINO"

La Barra del 95